Historias Iberoamericanas: Artigas y la libertad de cultos en la Banda Oriental

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Walter Rela
La tradición histórica del Uruguay menciona dos documentos básicos en relación a la libertad de cultos.
Son el art. 3º de las Instrucciones del año XIII a los diputados de la Provincia Oriental (13 de abril de 1813): “Promoverá la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable”.
El art- 2º del Proyecto de Constitución de la Provincia Oriental (documento anónimo 1813): “Toca igualmente al derecho y al deber de todos los hombres en sociedad, adorar públicamente al Ser Supremo al Gran Creador y Preservador del universo, pero ningún sujeto será atropellado molestado, limitado en su persona, libertad o bienes, por adorar a Dios en manera y ocasión le agrade…con tal de que no perturbe la paz pública, ni embarque a los otros en un culto religioso de la Santa Iglesia Católica”.
Estos dos testimonios son (aparentemente) suficientes como para justificar el título que lleva este artículo. Añadiré otros elementos que corresponde tener presente para fijar un juicio de valor correcto.
El 1 de junio de 1813 fueron rechazados los poderes presentados por los diputados orientales ante la Asamblea General que funcionó en Buenos Aires hasta el 18 de noviembre (fueron presentados a fin de mayo) y ante protestas de su legitimidad, fue reiterado el día 11 (la presidencia la ejerció Carlos de Alvear).
El Presbítero Dámaso Antonio Larrañaga (uno de los diputados) recibió como respuesta del Triunvirato que:
“las pretensiones de Artigas(son)inoportunas” y que “no están legalmente reconocidas como la del pueblo
del que se dice representante”.
De inmediato ordena a Rondeau la convocatoria a un Nuevo Congreso del que surgirán los “verdaderos diputados orientales”.
Como es de conocimiento, Rondeau convocó a un encuentro en la capilla del hospital Maciel (diciembre 5)
Este episodio sigue con el rechazo total de Artigas (diciembre 10).
José Gervasio Artigas, el Jefe de los Orientales (Obra de Juan Manuel Blanes)
Debo explicar que el 12 de octubre de 1815, el general Artigas desde el cuartel en Paysandú se dirigió al Cabildo de Montevideo, pidiendo una imagen de la Santísima Vírgen María. La misiva decía:
Necesito p.a el fomento de esta Iglesia una Imagen: y teniendo conocim.to de hallarse en la Sacristia de S.n Francisco un vulto dela Concepcion pertenec.te al Fuerte de esa Ciud.d, puede VS remitirmela p.a colocarla.
Asi mismo se me ha informado hallarse en ese fuerte una caja con los utiles precisos p.a una Capilla. Sirvase VS. hacer dilig.as precisas por remediar con ella la necesidad de esta Iglesia.
Tengo el honor de saludar a VS. con toda mi afeccion. Quart.l Gral 12 Obre
1815,,
José Artigas
Al M. Il. Cav.do Gov.or de Montev.o

El 25 de noviembre de ese año, ante diferencias sustantivas con el clero de Buenos Aires, por nombramiento de clérigos para la Provincia Oriental se pronuncia en el asunto “El gobierno y la religión” (tomamos el texto de Isidoro De María).
El Gobierno y la religión
En oficio de 25 de noviembre de 1815 (De María, “Compendio de la Historia”) decía Artigas al Cabildo de Montevideo; refiriéndose a la acción política y a la acción religiosa que había iniciado el absorbente gobierno de Buenos Aires, con mengua de los fueros provinciales:

“Después que el gobierno de Buenos Aires ha apurado todos los recursos para nuestro aniquiIamiento; nada merece de nosotros sino la indignación. Cuando se le invitó a un razonable convenio, despreció nuestra generosidad y ratificando sus malas ideas, lo sacrificó todo a su loca ambición. A pesar de los desengaños no desiste de la empresa y apura sus afanes por realizarla. Al efecto incluyo a V.S. la carta que me remite el señor cura y vicario general don Dámaso Larrañaga, del señor provisor de Buenos Aires. Aquel pastor de la iglesia, si hubiese sido más celoso de las almas hubiera conservado la autoridad que en atención a las presentes circunstancias le pedí y me concedió en julio del presente año, nombrando al presbítero don Dámaso Larrañaga para decidir en todos los casos. Acaso aquel provisor pretendía triunfar
de la ignorancia con sus excomuniones y fijar sobre esta base espiritual sus miras a lo temporal. V.S. no ignora el influjo de los curas y que por este medio adelantó Buenos Aires para entronizar su despotismo, y además para fomentar sus fondos con las rentas eclesiásticas que debían recibir de estos pueblos con notables detrimentos de ellos mismos. Si este es su objeto, claudica la autoridad espiritual y el señor Provisor debe ser más escrupuloso para no desunir el Santuario y el Estado. Y si no
lo es ¿por qué pretende una reintegración degradante, que nunca debió creerla ne- cesaria después de sus facultades concedidas? ¿O juzga el señor Provisor que aún vive la América en tinieblas y que la Banda Oriental es juguete de sus pasiones? Empiécelo a experimentar en sus efectos. En seguida pasa V. S. orden inmediatamente, que los curas recientemente venidos de Buenos Aires, Peña el de San José, Gomensoro de Canelones, Giménez de Minas, el guardián de San Francisco, el pres- bítero Peralta y el padre Riso, dejen sus prebendas y se vuelvan a Buenos Aires. V. S. proponga algunos sacerdotes patricios si los hay para llenar estos ministerios, y si no los hay esperaremos que vengan. Reencargo a V. S. la ejecución de esta medida, que creo necesaria para asegurar nuestra libertad”
.
Resulta, como se ve, que la Provincia Oriental había obtenido cierta autonomía en materia religiosa por iniciativa de Artigas, y que bajo la presión de los conflictos políticos, el provisor de Buenos Aires había anulado los derechos reconocidos, proveyendo por su cuenta y riesgo varios curatos y dignidades, y que contra esa actitud regresiva y absorbente se alzaba el jefe de los orientales en defensa de los fueros de su provincia.
No se limitaba Artigas a conservar esos fueros como los conservó. También asumía en caso necesario sus funciones de patrono, según lo demuestra este nuevo oficio de 13 de enero de 1816 (De Maria,“Compendio de la Historia”) que dirigió al Cabildo de Montevideo con motivo de un pedido de los padres del convento de San Francisco: “No es mi ánimo mezclarme en lo ecónomo de las religiones ni en la indagación
de sus leyes. Lo que interesa es que el pueblo esté bien servido y que los prelados de los conventos no perjudiquen con su influjo lo sagrado de nuestro sistema. En esto debe decidir el gobierno, y V .S. a presencia de los sucesos sabrá determinar lo mejor con respecto a la exposición de los padres de San Francisco y la resolución de V. S. será en esta parte la cumplida”
.
Tal era el plan que se trazaba Artigas, y en su ejecución no podían producirse conflictos jurisdiccionales. El jefe de los orientales se colocaba en el terreno justo al establecer que los frailes no tenían el derecho de explotar su ministerio contra “lo sagrado de nuestro sistema”, sin llevar más lejos la intervención del Estado; aún cuando el coloniaje había dejado una gruesa herencia de abusos tolerados a los directores del movimiento revolucionario.
En la introducción a la memoria presentada al marqués de Loreto por su antecesor el virrey de Buenos Aires don Juan José de Vertiz, relativa al período de 1770 a 1784, expresa el doctor Juan María Gutiérrez (“Revista del Río de la Plata”) que “aunque los bailes públicos de máscaras se hacían con todas las precauciones necesarias, según expresiones del mismo Vertiz, no faltó un sacerdote Francisco que declarase desde el púlpito que todos los concurrentes a aquellos bailes se hacían reos de condenación eterna.
El mandatario tomando la proposición del predicador como una atrevida censura al permiso a favor de los bailes concedidos por el rey, ofició al guardián de San Francisco ordenándole que desterrase a un convento lejano al pa- dre Acosta y dispusiese lo necesario para que otro sacerdote de su comunidad lo desmintiese en público y desde el mismo púlpito. Los dos mandatos del virrey se cumplieron: el censor de los bailes fue a su destierro y un tal fray Antonio Oliver fue el encargado de desagraviar la autoridad y de tranquilizar las conciencias timoratas, predicando a favor de los disfraces y los bailes en el teatro.
El sermón del padre Oliver fue un verdadero sainete gerundiano que hizo reír a la numerosa concurrencia atraída por la novedad de la palinodia. El orador demostró como pudo que “el señor baile puede honestamente contraer matrimonio con la señora devoción”; maridaje sacrílego y burlescos ajeno de la majestuosa gravedad del púlpito, según opi- nión de uno de los fiscales del consejo de Indias que entendió en este ruidoso nego- cio, con motivo de haber dado cuenta de él a la corte el gobernador de Buenos Aires.
Poniendo fin a esta situación el 23 d diciembre de 1815, Artigas le dice al Pbo. Larrañaga (cura de la Iglesia Matriz de Montevideo desde el 28 de abril de 115) que “no acepte a ningún cura nombrado por Buenos Aires”.
El lector interesado en ampliar el tema puede recurrir a mi website www.walterrela.com y copiar el item “Artigas y el federalismo” donde encontrará las fuentes (posibles) que influyeron en la redacción de las Intrucciones del año XIII.
Entre otras cito al ideólogo norteamericano Thomas Paine que publicó en Pennsylvania (1776) “El sentido común”que después de Mayo de 1810 se difundió en Buenos Aires, tanto como “El contrato social” de Rousseau traducida por Mariano Moreno en 1810.
Como anticipo cito un fragmento sobre “libertad religiosa” (Paine)que preocupó a mucho a los americanos independizados de Gran Bretaña.: “En cuanto a la religión, sostengo que es deber ineludible de todo gobierno el dar protección a todas las personas de conciencia del mismo, ni se de ningún otro asunto que el gobierno tiene que hacer (sic) (intervenir) con ella”.
Walter Rela
(José Gervasio Artigas (Montevideo, Uruguay, 19 de junio de 1764 – Ibiray, Paraguay, 23 de septiembre de 1850) fue un militar, estadista y máximo prócer uruguayo. Recibió los títulos de «Jefe de los Orientales» y de «Protector de los Pueblos Libres». Fue uno de los más importantes estadistas de la Revolución del Río de la Plata, por lo que es honrado también en la Argentina por su contribución a la independencia y, con vicisitudes, la federalización del país.)

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