La democracia lo harta

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Javier García
Mujica aprendió poco de la democracia. No aprendió, entre otras cosas, que a un gobierno legítimo se opone una oposición libre que lucha en el campo de las ideas y que no es necesario agarrar un fierro para imponerse frente al otro. Es básico. No lo tiene claro porque no ha terminado de asumir que la democracia es lucha de ideas, no de personas. Tiene una concepción bélica de la política. Para él no somos adversarios, sino enemigos. Por eso los entendimientos son de corto alcance porque no cree en construir consensos y negociar políticamente, aunque lo diga, cree en anular al diferente.
Cada vez que desde la oposición se discrepa él encuentra formas de desacreditar burlonamente al opositor, de insultarlo. No concibe que alguien discrepe con él, esta es una típica reacción de déspotas y no de republicanos. Subido a una pose de vigía de los valores se esconde un duro autoritario.
Dos diferencias normales en la vida política le hicieron “saltar la cadena” al presidente, con tal grado de virulencia que la pose conciliadora y patriarcal cayó abruptamente para aparecer el verdadero Mujica, el que todavía no asumió el debate democrático.
Algunas quejas de la oposición con respecto al funcionamiento del Mercosur -que a esta altura es una entelequia que solo conforma a los burócratas que andan de aeropuerto en aeropuerto sumando millas- iniciaron su ira. Y luego el análisis detenido que estamos haciendo del proyecto enviado para patente única, lo colmó. Este proyecto es invotable porque no soluciona nada pero además porque no resiste el análisis de un estudiante de bachillerato que descubrirá su inconstitucionalidad apenas ponga un ojo sobre él.
Osadía tan inmensa de la oposición llevó al presidente a decir que se actuaba con “mezquindad” y haciendo “politiquería”. Enojado, irónico, perturbado por no haber sido seguido sin chistar, el presidente utilizó su cadena semanal, que a esta altura es un clásico del disparatario, para insultar a la oposición.
Un estilo cauto y moderado que inauguró su presidencia y que a todos sorprendió, demostró ser una pose debidamente estudiada por sus asesores para atrapar desprevenidos. La verdad es este Mujica, el de siempre, y el que a nadie debería sorprender. El presidente irascible y déspota que no tolera la discrepancia y que a la menor señal de diferencia salta como resorte para atacar a los que, con la única arma que manejamos en nuestras vidas como es la palabra, ejercemos el derecho de decir nuestra verdad. Será o no será, pero es la nuestra y tan valiosa en el acierto o en el error como la de él.
Mujica no está preparado para ser presidente democrático. Es presidente de la democracia y lo es legítimamente, pero no asumió su deber de ejercerla con respeto y tolerancia hacia quienes discrepan. Es evidente que el presidente no es republicano, no lo fue nunca y no lo es ahora, cosa que por lo menos debería intentar. Él no superó aún su pasado.
Le faltan más de tres años donde tendrá nuestro respeto institucional, el que él no tiene para con la oposición. Esa es la diferencia entre quienes creemos en la democracia y quienes solo la soportan.

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