Uruguay: La Economía de la complacencia

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Dr. Alejandro Lafluf

La complacencia es enemiga del futuro. Y lo es porque no enfrenta (o mejor, no quiere enfrentar) el presente. La complacencia es amiga de la mentira, de la negación, de la comodidad y sobre todo del miedo. Por la misma razón la complacencia es enemiga de la autenticidad, de la realidad, de la acción y sobre todo del cambio. Si un Gobierno es autocomplaciente con la situación actual del país entonces no hay forma de avanzar, mejorar o modificar nada, porque a ese mismo Gobierno, precisamente, le complace la situación.
Que un Gobierno sea auto complaciente no es de extrañar. Ahora que destacados economistas de este país lo sean sí es preocupante. Y es preocupante porque cuando esos economistas avalan las conclusiones del Gobierno, respecto al estado de situación del Uruguay, terminan por confirmar y legitimar esa complacencia. Precisamente esta es la razón que justifica la presente columna.
A continuación demostraremos que no hay razones para ser complacientes con la situación actual que atraviesa el país (el diagnóstico del paciente es preocupante), y aún menos con las políticas que desarrolla el Gobierno  para enfrentar la situación (el tratamiento del paciente es aún más preocupante).
Estado de Situación.
Empecemos por relevar el estado de situación. Veamos primero los datos. Los datos indican que estamos en crisis. Y la crisis nos ha traído nuevamente a los siete jinetes: estancamiento, desempleo, inflación, déficit, endeudamiento, pobreza y exclusión social. La bonanza internacional, apoyada en sendas burbujas financieras (de commodities e inmobiliaria) que sostenían el crecimiento, la inversión y el consumo, ha desaparecido. Los precios de nuestras materias primas se han desplomado. Las exportaciones han caído. El consumo se ha retraído. El comercio exterior con China se ha ralentizado en forma preocupante. La región (especialmente Argentina y Brasil) se encuentra en recesión. La recuperación económica norteamericana y el aumento de la tasa de referencia de la Reserva han generado un reflujo financiero (huida de capitales) que ha impactado fuertemente en el tipo de cambio, depreciando nuestra moneda, generando inflación y aumentando el endeudamiento (que crece en el mismo porcentaje de la devaluación). El aumento de la tasa de referencia determinará que nuestros bonos sean cada vez menos atractivos. Si el tipo de cambio se devalúa fuertemente, si el déficit no se corrige y la inflación es alta entonces ¿a qué tasa de interés deben ofrecerse los bonos locales para que sean atractivos? Y luego ¿qué tasa de retorno debe tener una inversión para ser atractiva y evitar que el dinero se vaya todo hacia esos bonos?.
La recesión se agrava además porque la bonanza internacional se utilizó exclusivamente para solventar el consumo interno y subsidiar la pobreza pero no atendió ni corrigió tres cosas fundamentales: en primer lugar la inversión pública no se orientó (con el impulso y la fuerza que lo podría haber hecho) hacia obras de infraestructura. El déficit de infraestructura genera costos adicionales que afectan seriamente la competitividad. En segundo lugar no se corrigió la primarización. Ciertamente los altos precios de los commodities y los aranceles chinos a los productos elaborados conspiraron contra la agregación de valor pero tampoco pudimos evitar que la inversión extranjera se instalara para avocarse exclusivamente a las materias primas (La inversión extranjera constituyo polos extractivos altamente volátiles y no polos estables de desarrollo integral). En tercer lugar no promovimos políticas públicas de calidad y por tanto, a pesar de la bonanza internacional, no pudimos corregir la desigualdad. El déficit de infraestructura afecta la competitividad y la primarización perjudica la productividad, comprometiendo el Crecimiento. La deficiente calidad de las políticas públicas agrava la desigualdad y compromete el Desarrollo. Si el Crecimiento y el Desarrollo se encuentran seriamente comprometidos la situación a futuro no puede ser sino delicada.
La Estrategia del Gobierno.
El Gobierno se endeuda para poder practicar una política monetaria contractiva que le permita contener la suba del dólar – lo que impacta fuertemente en la competitividad del país -. Se dirá que al menos el Gobierno logra contener la inflación. Sin embargo, no es así. Pues, a un mismo tiempo, el Gobierno no hace nada para corregir el déficit, lo que lo lleva a tener que  aumentar las tarifas públicas, generando así un nudo complicado y perverso. Al final del día, tenemos endeudamiento, altas tasas de interés, pérdida de competitividad, inflación y déficit. Como la región está peor que nosotros nos lucimos, pero apenas nos comparamos con el mundo advertimos que no estamos nada bien.
El problema de fondo es que el Gobierno despliega una estrategia enfocada exclusivamente en el Estado. Entonces si hay problemas con el déficit el equipo económico aumenta las tarifas públicas, si los problemas continúan el Gobierno no duda en pedir prestado, si los problemas siguen el Gobierno se pone a emitir y si eso no basta entonces aumenta los impuestos. El Gobierno no termina de entender que el Estado solo puede hacer cuatro cosas: o pide prestado, o emite dinero, o recarga las tarifas públicas o aumenta los impuestos. El problema es que estas cuatro cosas tienen límite. El límite de la emisión es la inflación, el límite de la presión tributaria es la informalidad y la evasión, el límite del endeudamiento es la tasa de interés y el grado inversor y el límite de las tarifas públicas es la competitividad.
El Gobierno recurre al endeudamiento para sostener el gasto público, contener la inflación y actuar sobre el tipo de cambio. Pero a un mismo tiempo como se niega a realizar ajustes estructurales y corregir el déficit deja que la inflación haga el trabajo sucio y le resuelva el problema fiscal, le ajuste los salarios y los precios relativos.
En definitiva, la estrategia del Gobierno le ofrece al país dos cosas: endeudamiento o inflación. Esta estrategia permite sobrellevar las cosas. Nada más. El problema, claro está, es que al no tratarse de una estrategia genuina no hay forma de encaminar una salida de largo plazo.
Hacia una Estrategia genuina: Crecimiento y Desarrollo.
¿En qué consistiría una estrategia genuina? En una que nos garantizara crecimiento sostenido y desarrollo sostenible.
La primera dimensión de esa estrategia es la Inversión privada. Si una economía carece de niveles razonables de inversión privada nacional no hay crecimiento. Pero el Gobierno se niega (por atavismos ideológicos) a comulgar con la camada empresarial capaz de generar la riqueza suficiente para poner en marcha la economía y proveer el agua suficiente – para utilizar una metáfora hidráulica – que le permita alimentar los conductos de distribución que ha construido. Para el Gobierno los empresarios son amos y los trabajadores son esclavos. Si vemos a la empresa como una hacienda esclavista entonces no hay forma de fomentar la creación de empleo. El Gobierno no entiende que la riqueza hay que distribuirla pero además hay que crearla – y no hay contradicción entre ambas cosas (!) porque la creación de riqueza tiene que ver fundamentalmente con la economía y la innovación y la distribución tiene que ver con la calidad de las políticas públicas que despliega el Estado -. Ahora, cómo vamos a crear riqueza si hacemos todo para obstaculizarla: aumento de costos – déficit de infraestructura-, ausencia de recursos humanos calificados – por la situación de atraso educativo -, pérdida de competitividad  – atraso cambiario -, acceso a mercados – ausencia de una estrategia inteligente y profesional de inserción internacional – y voracidad impositiva (los empresarios actualmente deben pagar por distribuciones fictas, no pueden ajustar por inflación, no pueden arrastrar pérdidas y padecen los abusos del contralor estatal – con sanciones y multas altísimas -).
La segunda es la Inversión Pública. Es el Estado el que debe crear las condiciones para que se instale en forma óptima la inversión privada. Si la inversión pública no aumenta – y corrige el déficit de infraestructura que padece el país  – y no se descentraliza – para que las inversiones puedan localizarse en el interior y dedicarse a la agregación de valor además de a las actividades extractivas – entonces no hay forma de crecer.
La tercera es la calidad de las políticas públicas. La izquierda no repara en la calidad de las cosas que hace. La Educación y la Seguridad son ejemplos dantescos de esta actitud. El problema es que en la calidad de las políticas públicas es donde se juega su legitimidad. Si no hay calidad de las políticas públicas el cumplimiento voluntario de los impuestos se resiente y las personas despliegan estrategias de salida – debiendo procurarse en forma privada los servicios que el Gobierno no presta o presta mal -.
La cuarta es la política social: La izquierda no termina de entender que el Asistencialismo de ingreso no corrige la desigualdad pues cuando el ingreso se acaba la pobreza retorna. Tiene que haber una estrategia de ingreso para situaciones límite pero además tiene que haber educación de calidad y contrapartidas – no para condicionar la ayuda social sino para que funcionen como alarmas en caso de incumplimiento. En efecto si esa madre no manda su hijo a la escuela o si ese niño no tiene sus vacunas al día ello significa que algo anda muy mal y que la situación desborda lo económico y exige una estrategia distinta. Sin contrapartidas estas cosas no pueden controlarse y darle dinero a una persona se convierte en una forma cruel de desamparo.
La quinta es la inserción internacional. El Gobierno ha sido incapaz de desplegar una estrategia coherente en esta materia. No se trata de abrirse o cerrase sino de integrarse. Sin embargo los acuerdos comerciales con la Alianza del Pacífico, con los USA, con la Unión Europea o con China brillan por su ausencia. Solo el 31% de nuestras exportaciones se realizan al amparo de un acuerdo comercial.  El Gobierno elige desconsiderar los intereses en juego y nos los articula inteligentemente. Si los intereses en juego en un proceso de integración no se reconocen se convierten en obstáculos, pero si se identifican y se articulan, esos mismos intereses, se convierten rápidamente en oportunidades para la integración.
Conclusión
El problema de fondo no es la gestión sino la ideología que informa las decisiones de gestión. Si no se desmontan esas bases ideológicas (corporativismo – el interés de los trabajadores coincide con el interés general – , estatismo  – el mercado es el enemigo y el Estado es la solución-  , la lógica del amo y el esclavo, creación de riqueza vs distribución de riqueza, asistencialismo de ingreso) y se sustituyen por otras (Interés general, Estado y Mercado, Producción y Distribución, Crecimiento y Desarrollo, Calidad de las Políticas Públicas, Inserción Internacional inteligente) entonces no hay forma de avanzar. No sé si será posible hacerlo o no. Lo que sí sé es que es imprescindible que lo hagamos…Pero para lograrlo lo primero que tenemos que hacer es dejar de ser complacientes.

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