Leonardo Padura: la transparencia del tiempo y la nueva constitución cubana

Para escribir una novela no basta con tener una buena idea o imaginar una historia, lo distintivo es el cómo se cuenta

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Por Héctor Dotta Lageard .-

Una categoría inferior a la de los libros de autoayuda lo son algunos manuales de administración, recursos, capital u otra forma de moda útil para referir al humano acontecer en las relaciones de trabajo, aquellos que sugieren al lector un esfuerzo por ser buena persona porque así, se le augura, obtendrá mejoras sustanciales en su trabajo.

La idea del hombre nuevo, hijo de, que haría de la revolución un permanente atemporal nuevo estado de cosas por fuera de los vaivenes de la historia cual punto culminante del programa político de Platón, es una de aquellas que traerían el paraíso a la tierra. Tan drástico sería el cambio que ese hombre, desde la revolución, nuevo, se convertiría en sabio, en un ser superior dotado de todas las virtudes imaginables y no imaginables para los mortales, único con derecho de habitar la tierra elegida, la excepcional isla dentro de un planeta dominado por las injusticias. Los demás, sin derecho de habitación, porque no habrían sido bendecidos por el poder transformador de la revolución, tendrían un elenco limitado de opciones: el paredón, la cárcel, el exilio o la inexistencia. Estatus que bien describiera Ampuero cuando narra en un noventa y cinco por ciento verdad, sus años verde olivo.

El discurso de los íconos de la revolución, el gran caudillo o del Che Guevara, se sitúa explícita y con énfasis hasta el cansancio desde la perspectiva de un hombre nuevo, de un ser integrado y comprometido con el nuevo estado de cosas en todos los aspectos de su vida, que dejaría de ser privada sino pública en todos los sentidos de la palabra, en el que no anidaría uno de los vicios principales del mundo capitalista, el egoísmo, el interés y el deseo de tener cosas en propiedad propia y de decidir autónomamente sobre su vida y bienes, porque habría optado por el colectivismo, identificado únicamente con el altruismo en una comunidad de iguales, en donde todo se recibe de la comunidad, y todo se da a la comunidad.

Y como esta conversión sería voluntaria se excluiría todo prejuicio sobre la falta de libertad, porque el total de la comunidad de sabios iguales lo habría decidido, por vez única y para siempre: Adán y Eva reencarnados en los hermanos Castro, el Che y la revolución.

En ésta comunidad de sabios altruistas hay jerarquías, ya lo había escrito Platón unos milenios antes: la principal la del filósofo dios rey y su corte representada por el partido, único árbitro final de toda vida en el paraíso, causa y dador de toda ventura y felicidad, o implacable ejecutor de la justicia revolucionaria para los no conversos al nuevo laico catecismo.

Durante las cinco décadas en que se extiende la desde no hace mucho tiempo mayoritariamente denominada dictadura cubana y su histórico e histriónico fallecido dictador, Fidel Castro, ejemplar típico de caudillo redentor latinoamericano y antes, a un tiempo hispánico y musulmán, dios y rey, calificado casi unánimemente de tal, el aparato represivo y de propaganda diseñado al efecto, amplificador de la dominación carismática, es para detectar aquellas ovejas negras peligrosas para el rebaño que escaparan del arquetípico perfil de hombre nuevo, de aquel que entregó toda su humanidad a la causa común personificada en el rey dios. Automáticamente pasa a ser un paria, contra revolucionario y al servicio de un enemigo exterior, siempre presente, una especie de diablo o fuerza maléfica de la que todos los días hay que defenderse, no caer en sus trampas y tentaciones. Y la única herramienta de protección es el partido y el dictador o su familia, quienes ya han dado pruebas suficientes de su compromiso y virtudes.

Ideas de raíz religiosa si antes no hubieran sido pensadas por los filósofos griegos que ya nos prevenían de los peligros del totalitarismo, y el programa platónico es un buen ejemplo porque está en el cerno del pensamiento anti liberal, llámese este socialismo o comunismo, fascismo o nazismo: todos suponen como base la negación del individuo y su libertad de ser, de decidir autónomamente, y la superposición de otras categorías, léase la clase social, la casta, la nación, el pueblo, la raza o simplemente la dominación carismática de un caudillo o dictador, que se sirve del aparato represivo y de propaganda para mantener la dominación.

Diferencia a las dictaduras de izquierda de las de derecha que hemos padecido los latinoamericanos, en que las primeras son más sofisticadas en sus aparatos de propaganda. Hijas de la guerra fría y de la dominación de la cultura por parte de uno de los contendientes, el propio Neruda fue estalinista, bajo el manto de la famosa paloma blanca de Picasso y de otros artilugios, todas las acciones se identifican con la paz y con la democracia. Operaciones y estrategias del poder antes usadas para denominar una república “democrática” alemana que nada tenía de democracia, o mediante denominaciones con lenguaje adjetivo en “más” “democracia” o “más avanzada”, para disfrazar el poder más duro y represivo: regímenes de partido único, prensa única estatal, censura, actualmente supresión o censura de internet, antes supresión de papel prensa, concentración de poder sin separación, ausencia de garantías, presos de conciencia, homofobia, discriminación y otros opus de todo sistema totalitario, aunque bien disfrazados tras rimbombantes aciertos publicitarios. En ello las dictaduras latinoamericanas de derecha han sido más toscas, aunque igualmente totalitarias y represivas.

El común denominador es la manipulación del miedo: el castigo siempre ejemplarizante de los desvíos: a los disidentes “plomo” o “cárcel” o “paredón” repitiera el comandante Chávez en Venezuela; y, como nunca se sabe si tu vecino es un buen vecino de verdad o un delator o espía, la más frecuente de las veces a cambio de mantener alguna prebenda que solo se reduce a “vivir tranquilo”, u obtener un pequeño “favor” que a los amanuenses del poder no les cuesta, el miedo conlleva la discimulación como estrategia de defensa, y envenena la vida en comunidad. El régimen esclaviza al individuo porque todo depende del estado abstracto y de la buena voluntad de sus mandamases concretos.

Las consecuencias de no seguir el manual del hombre nuevo en la Cuba revolucionaria son graves.

La transparencia del tiempo TusQuets Editores 440 paginas

La peripecia de Mario Conde y de sus amigos se desenvuelve en éste sofocante ambiente “revolucionario” que les lleva tanto como a su autor que les da vida, a evitar referirse críticamente ni de ninguna otra forma, al menos no directa ni explícitamente, a la dictadura que padecen, ni a sus autoridades, ni al fallecido caudillo o a la familia gobernante o a los presos políticos, ni a ninguna otra de la aborrecibles cualidades de la dictadura que padecen.

Las fuerzas de seguridad de la isla en la novela lo saben todo, y Conde sabe que con algunas cosas mejor no meterse, porque es riesgoso.

Conde cumple sesenta años, creció con la revolución y con las consignas propagandísticas que exaltaban el hombre nuevo; con el compromiso colectivo y por lo colectivo, ya sea cultivar un cañaveral o la plantación de café, o ir a hacer la guerra urbana de guerrillas a Angola u otro lugar exótico, o cuidador de una playa, o participante de alguna idea económica extravagante del caudillo: los descubrimientos de la pólvora o de la rueda oídos durante horas al sol irremediablemente son el ineludible foco de interés, sin alternativas para Conde ni para nadie.

Pero el mesías que encarnaba el sabio rey dios no está porque se murió. Peor: Conde y sus amigos tienen hoy la certeza de que ese dios no existe: la “revolución milagrosa”. Sienten ese vértigo lúcido del que se despeña hacia el abismo, hacia fuera de los conocidos límites del paraíso. Que aquella abstracción llamada revolución y su caudillo, revestida de generosas consignas que como martillos se agolpan en todos sus recuerdos, cúmulo y túmulo de esperanzas perdidas, de promesas no cumplidas, ahora también, en su inexorable declive, son una pertinaz realidad de la cual nada se puede decir, sino a través del arte y la ficción.

En toda obra de arte hay una relación entre su creador y su historia, su tiempo y circunstancias, desde el lenguaje a las referencias de tiempo y espacio. En Padura se sitúan en la actualidad de una Cuba decadente hace décadas: que duele, que no se puede decir porque está prohibido, el miedo que inmoviliza, pero igualmente el tiempo todo lo transparenta, lo hace callada conciencia, que al fin existe.

Hay un algo en toda obra y personaje literario que no se explica por la vida ni por las circunstancias de su creador. Que fatalmente no tiene que identificarse con ninguno de los personajes de la obra, o que alguno resulte ser el alter ego de su creador. Pero en esta peripecia que nos cuenta Padura lo fáctico asiento de la historia es su castigado país, y la anécdota, contar la sensación de desconcertante vacío de quienes creyeron de cuerpo y alma en el mito derrumbado, en esa mítica fundación de un nuevo tiempo y hombre, en la configuración del paraíso en la tierra. Eso era el socialismo revolucionario cubano. Idea religiosa por excelencia, que se petrifica ante la certeza de que dios no existe, que su enviado ha muerto, y que no fue más que un falsario. Alguien más en la hueste de los enviados desde el otro mundo para anunciar y hacer todo aquello que los humanos mortales no podemos hacer, o al menos con la perfección de una idea totalizadora y redentora.

El estupor, la confusión del antiguo creyente ante la superviniente certeza de la ausencia de un dios o simplemente ante la ausencia de un algo en que fijar las esperanzas de un mundo mejor, la lucidez de la mentida imaginación de un más allá posible distante que nos permita mejor sobrellevar las asperezas de toda vida, atavismo propio de la condición humana, tal vez una porción del instinto de conservación, que como el miedo, impide la acción, es lo que caracteriza los personajes de Padura, en común y con una perfecta amalgama descriptiva de sus particularidades respectivas.

Para escribir una novela no basta con tener una buena idea o imaginar una historia, lo distintivo es el cómo se cuenta. Si bien ficción, que tenga un anclaje en la realidad que la haga creíble, y que esté dicha de forma tal que le permita al lector la certeza de que lo que le está contando tiene la virtualidad de poder suceder así en la realidad: debe ser verosímil, cualidad que la realidad no precisa. Y ello lo logra con maestría Padura. Entretiene y agrada con la poética del lenguaje desde la primera página. Estética que con sobriedad y sin exagerar, permite imaginar el paisaje y la luz de la isla y de la Habana en llamas en una tarde soleada que se releja a través de la ventana en las páginas gastadas del almanaque: la trasparencia del tiempo que todo lo muestra.

Es una novela que transcurre en la muda actualidad de los habitantes de la isla que ocupan su tiempo libre de la mejor forma posible y sin meterse en problemas. Seres humanos castigados por el tiempo, la historia que les pasa por arriba pero igualmente les permite zafar: su humanidad, pese a todo. Sobreviven, encuentran ese hilo de luz en el día a día siempre complicado de la Habana que les hace reír, disfrutar en compañía recíproca un buen ron, o una comida hecha a retazos de lo que se pudo conseguir ese día. La búsqueda de las pequeñas felicidades,  el amor, el sexo, o la amistad, porque las grandes, aquellas epifanías colectivas en las que honradamente creyeron por décadas, ya saben de sobra que no existen. En el límite de la lucidez y antes de la eliminación de la vida, siempre la bebida y la embriaguez. Escape perfecto con el mejor amigo del hombre, aquí el ron, sea del bueno que se consigue de tanto en tanto o del de todos los días, como un perro embotellado. Los perros tampoco se salvan en esta historia de la avalancha de, la historia, tampoco del carácter de, su dueño, come y acompaña solo cuando es posible, cuando el instinto de sobrevivencia elevado a la máxima potencia de civilidad se lo permite.

El hilo de escape de Padura es la buena literatura. Buen lector de los maestros y escribidor de historias que bien pueden calificarse dentro de la mejor literatura de este siglo y de fines del anterior.

Al terminar la publicación en Amazon de El Hombre que amaba los perros nos enteramos que escribía desde su domicilio en la isla misteriosa, un lugar donde la ficción es tan necesaria para mantener la cordura como el agua.

La nueva constitución. Quien esto escribe desconoce cuál será el voto de Padura en la orquestada votación armada por el régimen de una nueva constitución. Huelga decir que está en todo su derecho de hacer lo que quiera: democracia liberal y derechos humanos.

La realidad asiento de estas breves ficciones especulativas permitiría afirmar que nuestro ahora personaje Padura votaría en contra de este proyecto, porque más allá de lo que diga, no resuelve los principales aspectos para que Cuba deje de ser una dictadura de partido único y un país totalitario. También, que apoyara este proyecto sometido a ilegítima consideración por el régimen porque si bien no soluciona lo principal si mejoraría algunos aspectos, como el reconocimiento de la propiedad privada y de la inversión extranjera, y deroga leyes homofóbicas y discriminatorias vigentes; o porque lisa y llanamente el miedo invalida otra manifestación de voluntad que no sea al servil apoyo al régimen, máxime tratándose de un hombre ya público.

Pero cualquiera sea la opción que adopte en definitiva, para su literatura, que es por lo que le conocemos y valoramos, para quien escribe con maestría, es irrelevante.

 

 

 

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