Luis Felipe Sauvalle: “De literatura y prodigios”

En la composición musical Wolfgang Amadeus Mozart creó su primera sinfonía a los ocho años. En tiempos modernos Stevie Wonder lanzó su primer álbum a los 12 años. En el ajedrez se dice que José Raúl Capablanca aprendió a jugar antes de aprender a hablar

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El escritor chileno Luis Felipe Sauvalle

De un tiempo a esta parte que el tema de los prodigios me llama la atención. ¿Quién no se admira ante el niño que arma un cubo de Rubik en diez segundos o que sin complicarse repasa en el piano una sonata de Bethoveen? En la composición musical, ya que estamos, Wolfgang Amadeus Mozart creó su primera sinfonía a los ocho años. En tiempos modernos Stevie Wonder lanzó su primer álbum a los 12 años. En el ajedrez se dice que José Raúl Capablanca aprendió a jugar antes de aprender a hablar. La anécdota probablemente sea apócrifa pero ilustra bien su precocidad. En matemáticas es todavía más frecuente, es cosa de buscar en YouTube. En literatura, sin embargo, la cosecha es exigua (Rimbaud brillando como un faro), más aún si se trata del reino de la ficción. Al parecer los prodigios son reacios a dedicarse a las letras. Existen, no obstante. Claro que existen…

Polémico desde que publicara su primer libro a los 19 años, Raymond Radiguet constituiría él niño prodigio por antonomasia. Escribiendo en la Francia de entreguerras, Radiguet terminó El diablo en el cuerpo en 1921 para publicarlo un par de años más tarde. Reeditada en Chile por Tajamar Editores, la obra nos presenta un protagonista-narrador –tras el cual se oculta el mismo Radiguet– que comparte con desenvoltura su visión sobre la Francia movilizada: para él, un chico de 15 años, la Primera Guerra Mundial constituyó un lapso de “magníficas vacaciones”. Sin nada que hacer, el protagonista pasa sus días tumbado en una barcaza atracada por ahí, leyendo “más de 500 libros”. Y pronto se enlaza en un idilio amoroso con la esposa de un soldado enviado al frente. De esa relación nace un hijo, destinado a quedarse huérfano. La novela causó revuelo en su época por haber sido considerada antipatriótica (se esperaba que todo libro cumpliera un rol moral); en la actualidad es considerada un carpetazo a la noción de honor decimonónica que tantas vidas costó hace un siglo. Convertido en una celebridad, Radiguet alcanzó a escribir una segunda novela mas no a publicarla (“seré fusilado por los soldados de Dios”, declaró mientras agonizaba de fiebre tifoidea). El baile del conde de Orgel, novela con la cual pretendía a la vez dar cuenta y marcar distancia del descollante Marcel Proust, es también una elegía a las viejas aristocracias, con sus modales y valores caídos en desuso. Con una prosa exquisita, Radiguet nos invita a la vida del conde, un diletante cuya indiferencia por su mujer hace que esta ponga los ojos en un recién llegado.

Una segunda autora podría acompañar al francés Radiguet en mi estantería, y nada menos que chilena: Amanda Teillery (Santiago, 1995). La autora comenzó a escribir cuentos “en serio” cuando aún no terminaba la educación escolar. Un puñado de esos relatos son recogidos en la colección ¿Cuánto tiempo viven los perros? (Emecé – Cruz del Sur), en el que ya aparecen rasgos de madurez literaria. Sí, a lo largo de sus nueve relatos hay madurez para abordar los encuentros y desencuentros de una élite que, lejos de formar un todo coherente, parece constantemente puesta en tela de juicio. En el texto que da nombre a la colección, dos hermanas salen en busca de una perrita extraviada, encontrándose de paso con el barrio y los recuerdos de su infancia. En “El teléfono” una madre autoflagelante pasa sus días en cama, regañando a su hija y dejando que sea su nana la que mantenga a raya a sus múltiples acreedores.  En “Nunca más vamos a hablar de esto” una veraneo de cuatro amigas da paso a una confesión que rápidamente es retirada. En “Como los adultos” una visita a la psicóloga termina con los papeles invertidos. Las distintas situaciones dramáticas se suceden de manera vertiginosa pero no por eso dejan de causarnos una profunda impresión. Con una prosa clara, con un sentido del humor que entra y que se retira en el momento justo (cosa que se agradece), con un punto de vista que muchas veces parece un ojo clínico, Teillery se asoma al mundo de los jóvenes de hoy, y también al de sus padres, uno lleno de expectativas desmedidas y de sus consecuentes frustraciones.

Tanto en Radiguet como en Teillery –y podríamos agregar uno que otro ejemplo más– el tanteo social ocupa un lugar primordial. Aquí destacan las lecturas que ambos realizaron de Marcel Proust, y de otros autores de fuste. Sus personajes son jóvenes -como ellos- pero la inocencia la perdieron hace rato: esa pérdida puede dar paso al cinismo, al escepticismo o la madurez. Pienso que lograr una obra tan acabada no depende de la aparición de ciertas capacidades prodigiosas, sino de saber tomar distancia: de esa tarea tan simple y a la vez tan compleja de dar un paso atrás para poder mirar las cosas en perspectiva. La descripción de los distintos tiempos narrativos es una destreza que se va puliendo, pero que no viene dada desde el nacimiento. Por eso creo que no cabe propiamente hablar de prodigios. El fenómeno que sí hay –y que ya insinué– es madurez: una madurez que se nota en el tono, en la prosa, en la manera en que tienen ambos de poner bajo su lupa las relaciones sociales y dotarlas de un carácter dramático que a primera vista cuesta encontrar. Uno, Radiguet, nos dejó muy temprano. Otra, la Teillery, a sus 23 años goza de buena salud, alguna otra cosilla -cuentos, novela- vendrá en el horizonte. En ambos casos, el merito de sus obras no recae en la edad de sus autores, sino en sus méritos literarios intrínsecos. En ambos existe –además- el amor compartido por los libros, y todo lo que nos brindan.

Por Luis Felipe Sauvalle (Santiago, 1987), escritor y licenciado en Historia de la universidad Católica de Chile, creador de novelas como “Dynamuss”, “El Atolladero” y la colección de cuentos “Lloren, troyanos”.

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